Una taza de café con leche en mi escritorio. Una larga lista de cosas por hacer. Black de Peral Jam sonando en mi radio y mi cabeza deambulando por alguna solitaria calle de Santiago.

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Son muchos los que nos rodean y tan pocos los que de verdad te rodean sin interés.

Escasos los buenos amigos, y más aún con estos tiempos, donde el individualismo cobra protagonismo en esta obra que pareciera no tener final. Y entonces tomo mi taza de café con leche, que poco a poco comienza a enfriarse, y se van enfriando mis pensamientos, y el deseo de que esta historia tenga un final feliz va creciendo cada vez más.

 Y del café con leche ni hablar. Ya son pocas las gotas que quedan y el reloj me indica que es tarde, y mi cabeza vuelve a su sitio.

 Y las dos de la madrugada me saludan tiernamente.